Es indudable que buena parte de la actuación del bricolador se orienta al arreglo o mejora de instalaciones de su casa, a la colocación de elementos decorativos, al recubrimiento de paredes, suelos y techos, a lograr un buen acondicionamiento, aislamiento, ventilación, así como, en gran manera, a la construcción de muebles, objetos, juguetes, detalles del jardín, etc.
Sin embargo, hay una faceta que no se puede olvidar y que complementa todas las anteriores actividades: el mantenimiento, conservación y limpieza de todos aquellos muebles, estructuras y objetos que se tienen en casa o que se han adquirido a buen precio en una subasta, un ropavejero, un anticuario, etc.
Con motivo de un paseo por un rastro o encantes, o bien durante un viaje de turismo o de negocios muchas veces se habrá sentido deseos de adquirir un objeto cuyo estado podría ser francamente deplorable, pero que, en cambio, su precio fuera tentador, y que de encontrarse en perfecto estado de conservación indudablemente ya no estaría allí, sino en la tienda de un anticuario que pediría buena cantidad por él. Sin embargo, se renuncia a adquirir la pieza con cierta nostalgia por ignorar la manera de devolverle toda su prestancia.
No hay que olvidar que, además de estas compras al azar, es muy posible que en nuestra propia casa, en los desvanes, se hallen muebles y objetos que, habiendo sido arrinconados en otras épocas, ahora recobran todo su valor con motivo de un reviva/, y que tal vez su abandono sólo obligue a una restauración, que en muchos casos puede quedar limitada a una mera limpieza.
Mármoles, cobres, alabastros, cristales opales, mates o pulidos, telas de forro, anillas de alzapaños, una silla de jardín de hierro fundido, un mueble de tubo cromado o pintado… En realidad, cada uno de estos objetos requiere un tratamiento adecuado y específico. En algunos casos quizá podrá ser válido utilizar algún producto comercial del tipo denominado limpiador, que, si bien será conveniente para una parte del objeto, apenas actuará en los demás materiales de que está integrado.
Supongamos una lámpara de techo con armazón de latón que tiene lágrimas de cristal, canalones de vidrio estriado mate y algunos detalles de esmalte en la corona, difícil será afirmar que existe un producto general para devolver a cada uno de estos elementos indistintamente su prístino esplendor.
Habrá casos en que se deberá desmontar los objetos para actuar separadamente sobre cada material, ya que lo que está indicado para limpiar, por ejemplo, el latón o el cobre, podría perjudicar al vidrio mate o al esmalte.
Los objetos de alabastro presentan tendencia a empañarse por la acción dél tiempo. Un enérgico restregado con un cepillo provisto de cerdas duras le proporcionará su brillo primitivo.
Es necesario prestar la debida atención a cada material del objeto que se quiere lustrar. En muchos casos no habrá más remedio que desmontar pieza a pieza el objeto en cuestión.
El buen sentido del bricolador sabrá decidir en cada caso cómo proceder antes de lanzarse a la limpieza de un objeto complejo y la manera de aplicar a cada material las diferentes recomendaciones que a continuación se dan, en especial, para cada tipo de material.
El alabastro.
Puede tratarse de una figura, de un florero o de un pie de lámpara. La principal cualidad del alabastro es el reflejo algo frío pero con irisaciones veteadas que le es propio. Con el tiempo, el alabastro se vuelve mate, pierde su brillo y no se consigue que lo recobre sacándole el polvo, que aparentemente parece ser el que lo empaña.
No debe creerse jamás que el alabastro recuperará su brillo aplicándole un lavado mediante agua jabonosa, con un detergente o con agua pura. Con la humedad se vuelve por completo opaco.
Simplemente bastará coger un cepillo de cerdas duras (de esparto, por ejemplo, e incluso si hay rastros rebeldes de empañamiento utilizar un estropajo de fibras de nylon, como el que se usa para restregar la batería de cocina, pero nunca un estropajo de hebras metálicas) y frotar toda la superficie y los rincones.
Con el restregado, el alabastro irá recuperando su brillo sedoso. Hay que insistir y no cejar aun cuando se crea haber conseguido un primer resultado aceptable. Cuando finalmente se haya obtenido un brillo homogéneo de toda la superficie del objeto se pasará por todo él un paño suave impregnado de un poco de cera virgen diluida en una gota de petróleo (preferiblemente petróleo desodorizado).
El cobre.
El cálido reflejo rojizo del cobre es estupendo, pero difícilmente de conservar por largo tiempo en todo su esplendor. Hay quien prefiere no tener objetos de este metal por lo engorroso que supone estar siempre pendiente de su cuidado.
Actualmente existen productos comerciales que facilitan esta labor de limpieza e incluso consiguen que el brillo del cobre se mantenga durante mucho tiempo sin deslucirse.
Ahora bien, una limpieza a fondo de un objeto de cobre que ha perdido por completo su brillante apariencia no se logrará fácilmente con un producto comercial (salvo que se le consagren muchas horas, se actúe porfiadamente y se consuma mucha cantidad del producto), sobre todo cuando hay evidentes costras en que la mugre se halla íntimamente mezclada con el orín. No hay que intentar arrancar estas costras con una herramienta de acero ni con un cepillo de cerdas metálicas, pues como el cobre (o sus aleaciones) es un metal blando se corre el riesgo de dañarlo y que queden depresiones allí donde estaban las costras de orín y de mugre.
En primer lugar conviene detectar y aislar estos emplastos y procurar recuperar cuanto se pueda del resto de la pieza. Para conseguirlo se sumergirá en un baño compuesto de sal gruesa con vinagre (ligeramente tibio). Se deja que este baño actúe durante varias horas. Es preferible el uso prolongado de este baño que el empleo más contundente del ácido clorhídrico comercial o doméstico (ácido muriático o salfumán) disuelto en agua (1/4 de litro por2 litrosde agua) o también la disolución en agua de sal de acederas (ácido oxáuco). Los dos productos mencionados son peligrosos en su manejo por la corrosividad del primero y la toxicidad del segundo. En todo caso hay que actuar con guantes que defiendan la piel, así como lavarse copiosamente las manos con agua y jabón después de haber actuado con la sal de acederas. La acción de estos dos productos debe ser breve, ya que su poder decapante es muy intenso y puede incluso actuar demasiado en profundidad en el cobre.
Después de obrar con alguna de estas disoluciones, el objeto se secará con un trapo que enjugue bien (son especialmente indicados los restos de camisetas o de géneros de punto de algodón). Finalmente se podrá actuar con un pulimento adecuado.
Al objeto de conservar el cobre con todo su brillo durante el máximo tiempo posible se le puede dar un barniz especial que puede adquirirse en casi todas las droguerías (se trata de barnices al alcohol que, si son muy espesos, se pueden aclarar con dicho diluente y que se aplican con pincelito fino). El barniz se extiende regularmente por sí mismo. Otra solución es emplear barnices en spray) especialmente destinados a esta finalidad protectora.
Pudiera ocurrir que, a pesar de la inmersión del cobre en el baño acidulado (cualquiera de los tres antes citados), no se hubiera conseguido hacer saltar las costras tenaces, lo que puede pasar especialmente en objetos cóncavos (peroles, cazuelas, platos) martilleados y con profundos abollados desde el momento de su conformación original. En este caso, lo mejor será actuar de idéntica manera a como se procedió en su confección. Para ello nos valdremos de un macillo de madera o de un martillo con cabeza de nylon y se percutirá el recipiente por la parte exterior (en la zona donde estuviera la costra), aplicando interiormente, para absorber los impactos, un Tas ligeramente cóncavo, como el que emplean los carroceros para enderezar la plancha de los coches. Si no se tiene Tas se puede utilizar un taco de madera dura al que se habrá dado forma cóncava con unas cuantas pasadas con una escofina algo basta.
Evitando que el impacto del martillo actúe en una parte no protegida por el Tas, es casi seguro que se harán saltar las costras tenaces que hubiesen quedado en la pieza de cobre. A continuación se actuará, tal como se ha dicho anteriormente, con los baños ácidos para de este modo lograr una limpieza total.
Si bien es cierto que el cobre con todo su brillo recuperado será de gran efecto y que con el tiempo volverá a cobrar un aspecto más mortecino aunque se hayan empleado barnices protectores, debe advertirse que para ciertos objetos de valor no es aconsejable que se abrillanten del todo, pues perderían calidad en lugar de ganarla. Hay que proceder, pues, con tacto con estas limpiezas a fondo con los baños ácidos, para que la pieza de cobre mantenga cierta pátina y ofrezca un contraste de zonas bruñidas y otras más parduscas, con un resultado aparentemente mucho más efectivo.
El estaño.
Los objetos auténticos de estaño son raros y caros.
Actualmente el estaño ha recuperado el favor y el aprecio del público y han aparecido buenas reproducciones de época, que no resultan demasiado baratas. Importa saber cómo hay que tratar este metal, que tiene un color más mortecino que el de la plata y es extremadamente blando, susceptible, por tanto, de ser rayado con gran facilidad.
En principio no se dispone de un buen producto comercial para tratar el estaño. No obstante, algunas antiguas droguerías que aún expenden sus propias mezclas pueden tener su fórmula secreta y es posible que sean mucho más efectivas que los productos comerciales polivalentes, que suelen anunciar en el envase que el contenido es válido para abrillantar casi todos los metales.
La limpieza básica del estaño se realiza a base de potasa. (Téngase presente que en algunos casos la potasa sólo se expende mediante receta, pues es un producto altamente peligroso por su corrosividad, tanto para la piel como para las mucosas y, especialmente, para los ojos). Hay que actuar, pues, con mucho cuidado, protegerse las manos con guantes e incluso los ojos con una mascarilla mejor que con unas simples gafas. La potasa se disuelve en agua (5 partes de agua por 1 de potasa en volumen, aproximadamente).
Aplicar el baño con un pincel (carente de virola metálica) o bien con una muñequilla, restregando ligeramente. Después se enjuaga y se seca el objeto, pulimentándolo a continuación con una pasta especial consistente en polvo de piedra pómez aglomerado con aceite (el mismo aceite de mesa o bien vaselina). Este pulimento debe darse de manera concienzuda y sistemática para evitar que luego se evidencien las partes que quedaron sin frotar. Es muy posible que los resultados no sean suficientemente satisfactorios la primera vez y haya que volver a insistir de nuevo. Sin embargo, al final se conseguirá un brillo perfecto.
Para facilitar el abrillantado se podrá actuar también con un estropajo de nylon en las primeras pasadas con la pasta de pulir.
Si se quiere utilizar un sistema mecánico para ahorrar la ardua tarea del bruñido a mano cabe recurrir a la máquina universal con un accesorio para bruñir (muelas de trapo de algodón) y utilizar simultáneamente pasta para pulir. Los resultados serán más rápidos y quizás más efectivos que con el bruñido manual. Un último toque tras el abrillantado consistirá en dar una ligera capa de vaselina por toda la superficie.
Para que el cobre recupere sus típicos reflejos, lo mejor es darle un baño prolongado a base de una mezcla de sal y vinagre. Posteriormente, se secará a fondo y se le aplicará barniz mediante un aerosol.
La sustancia que mejor limpia el estaño es la potasa disuelta en agua. El pulido final, fatigoso de realizar a mano, puede conseguirse fácilmente con la máquina universal y un accesorio de bruñir.
































































































