Atlas del cuerpo humano

Hasta la Edad Media, la medicina se basó por lo común en las enseñanzas de los médicos griegos antiguos Hipócra­tes y Galeno.

Sus consejos sobre el tratamiento de las enfermedades corrientes y las heridas se basaron en la experiencia práctica. Sin embargo, tuvieron escasa noción de la estructura y el funcionamiento del cuerpo humano. La medicina medieval descansó todavía en conceptos tales como «los cuatro humores»: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra.

La medicina como ciencia moderna empezó en el siglo XVI con la disección cuidadosa y el estudio detallado de los cadáveres, a la que se dedicó el artista e inventor italiano Leonardo da Vinci. En 1543, el científico belga Andrés Vésale (Vesalio) editó el primer libro de texto anatómico completo, De humanis corporis fabrica (La estructura del cuerpo humano). Vesalio corrigió muchos conceptos erró­neos de las enseñanzas antiguas, y sentó los fundamentos de la anatomía moderna (la estructura del cuerpo) y la fisiología (su funcionamiento). El siguiente hito importan­te se sitúa en 1628, cuando el médico inglés William Harvey explicó por primera vez cómo circula realmente la sangre.

Los estudios de anatomía y fisiología han progresado sin cesar desde los días de Harvey, proporcionando los fundamentos esenciales para la investigación científica de las enfermedades a cargo de patólogos y microbiólogos, y su tratamiento con los fármacos y la cirugía. Pero el paso de los descubrimientos se ha acelerado con el reciente desarrollo de nuevas técnicas para estudiar el organismo, como, por ejemplo, los CT scanners, las ecografías, las gamma grafías y la endoscopia.

Este y los siguientes artículos, tratan de la anatomía del cuerpo humano. Ilustra las divisiones más importantes de su estructura y muestra el modo en que las nuevas técnicas ayudan a visualizar la estructura de los órganos internos. (Las descripciones de cómo funcionan las diversas partes y sistemas del cuerpo se presentan en las introducciones de cada artículo.)

Creencias históricas acerca del cuerpo.

Hasta el siglo XVI, los mandamientos religiosos y de otra clase prohibieron la disección de los cadáveres -sanos o enfermos- ­para estudiar la constitución del cuerpo humano. A consecuencia de ello, hubo creencias erróneas sobre nuestra anatomía y fisiolo­gía. Ahora nos parecen sorprendentes y extravagantes; pero acaso dentro de cien años algunas de las actuales se consideren del mismo modo.

Cerebro.  Se creía que era una glándula que elaboraba secreciones y las descargaba por la nariz.  Dientes.  Aristóteles creyó que las mujeres tenían menos dientes que los hombres.  Bilis.  La bilis amarilla volvía «co­lérico» (de temperamento vivo), y la negra, «melancó­lico» (de índole triste).  Oídos.  Se pensaba que los oídos contenían la voluntad humana y que intervenían en la respiración.  Corazón.  Se daba por sentado que la sangre pasaba de uno a otro lado del corazón a través de los agujeros diminutos de la pared central.  Pulmones.  Se creía que la sangre se bombeaba hasta los pulmones, en los que se evaporaba y era expelida por el aliento al exterior.  Arterias.  Se pensaba que las arte­rias estaban llenas de aire, porque cuan­do se abrían en un cadáver, estaban «vacías» de sangre.  Embrión.  Se creía que el embrión era producto de la mezcla del líquido seminal masculino con la sangre menstrual de la mujer.Cerebro.

Se creía que era una glándula que elaboraba secreciones y las descargaba por la nariz.

Dientes.

Aristóteles creyó que las mujeres tenían menos dientes que los hombres.

Bilis.

La bilis amarilla volvía «co­lérico» (de temperamento vivo), y la negra, «melancó­lico» (de índole triste).

Oídos.

Se pensaba que los oídos contenían la voluntad humana y que intervenían en la respiración.

Corazón.

Se daba por sentado que la sangre pasaba de uno a otro lado del corazón a través de los agujeros diminutos de la pared central.

Pulmones.

Se creía que la sangre se bombeaba hasta los pulmones, en los que se evaporaba y era expelida por el aliento al exterior.

Arterias.

Se pensaba que las arte­rias estaban llenas de aire, porque cuan­do se abrían en un cadáver, estaban «vacías» de sangre.

Embrión.

Se creía que el embrión era producto de la mezcla del líquido seminal masculino con la sangre menstrual de la mujer.

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