El Ajo y sus propiedades.- Manualidades vegetales.

Ajo.- (Allium sativum)

El ajo, es un vegetal curativo y muy importante para tener una buena calidad de vida. Su gran virtud medicinal se pone mayormente de manifiesto al combatir la bronquitis, la inflamación del intestino, los gusanos intestinales, la fiebre tifoidea, el asma, la diabetes; pero donde el ajo despliega toda su enorme eficacia es contra la presión alta de la sangre y la arteriosclerosis.

El ajo, es un vegetal curativo y muy importante para tener una buena calidad de vidaAl igual que el limón y la cebolla, el ajo no solamente es un gran medio curativo, sino que además es un excelente medio de prevención contra contagios y enfermedades de todas clases. El ajo y su hermana la cebolla son, además, un poderoso medio contra el escorbuto; los mari­nos de otros tiempos, cuando las travesías marítimas duraban largos meses, llevaban consigo grandes cantidades de ajos y cebollas, protegién­dose así de la tan temida enfermedad. Realmente quedaban protegidos contra ella, aunque la selección de otros alimentos apropiados era gene­ralmente muy escasa.

El ajo, y también el zumo de ajo alivian y curan muchísimas enfermedades, entre ellas, aparte de las ya mencionadas, las siguientes.

Bronquitis, diarreas, calcificación de arterias, parásitos intestinales, he­morroides, varices, enfermedades de los riñones y de la vejiga, dolores de cabeza, jaqueca, obesidad, hidropesía, granos, herpes, afecciones de la piel, melancolía, hipocondría, histeria, reumatismo, gota, palpitacio­nes del corazón, sensación de miedo, ayuda a hombres y mujeres en el período climatérico, inflamación de las mucosas, estreñimiento, tifus, malestares por estancamiento del hígado y bazo, trastornos del meta­bolismo, recarga de sustancias extrañas, trastornos estomacales, piedras nefríticas, enfermedades de la vista, inapetencia, tos, ronquera, catarros, nerviosidad, abscesos pulmonares y asma.

Como quiera que muchas personas jóvenes y mayores sufren de lombrices, llamamos la atención sobre el hecho de que el zumo de ajo es uno de los mejores remedios contra todas las especies de helmintos y especialmente contra las ascárides, tan difíciles de expulsar.

Con una cura de ajos se obtienen rápidos y sorprendentes resultados.

Ahora podemos decir exactamente lo mismo del ajo. Está probado que aquellos pueblos antiguos,  consumían muchos ajos, entre sus alimentos predilectos.

Los romanos también conocían las muchas propiedades que posee el ajo, sobre todo la de proporcionar fuerza y resistencia para los traba­jos duros. Por eso daban de comer ajos a sus guerreros cuando tenían que emprender una marcha fatigosa.

El que quiera protegerse contra la calcificación de las arterias y además contra la presión arterial y el rápido envejecimiento tiene que comer ajos crudos con regularidad.

El ajo elimina los viejos residuos del cuerpo humano, facilitando el trabajo del organismo, que a menudo es tan pesado, en especial el del aparato digestivo. Es un gran enemigo del ácido úrico y, además, pro­longa la vida de la persona que lo consume habitualmente y en buena cantidad.

Para convencerse de ello, convendría hacer un viaje a los países balcánicos, donde se dan los casos de longevidad más prolongada del mundo entero. La población de esa región del mundo es eminentemente campesina y en su dieta figuran preferentemente la cebolla y el ajo, así como la miel y el kéfir (especie de leche agriada o yogur), alimentos que tienen también notables propiedades curativas.

El zumo de ajo contiene cierta cantidad de vitamina e, además de azufre, fósforo, silicio y yodo. Su abundante contenido de fósforo y de azufre, lo hacen destacar como un sedante especial para los nervios.

A veces, en los primeros tiempos en que se toma ajo, el aliento y la transpiración exhalan un olor poco agradable. Pero esto sólo ocurre al principio, cuando se expulsan grandes cantidades de toxinas gracias a la fuerte acción del ajo; pero cuando ya se lleva bastante tiempo tomando ajos crudos habitualmente y en cantidad, como el organismo se mantiene ya libre de venenos, es muy poco lo que el ajo tiene que expulsar, y entonces ya no despiden ese olor ni el aliento, ni el sudor, y ni siquiera la orina y las deposiciones. Y es que ese olor desagradable que se atribuye a los que comen ajos, no es debido a los ajos propiamente dichos, sino a los venenos y toxinas acumuladas en el organismo que, al combinarse con los activos principios eliminadores del ajo, despiden aquel desagradable olor. Prueba de ello es que el que practica una alimentación natural en la que el ajo figura en lugar preferente, no desprende aquel olor que tan a la ligera se atribuye al ajo. Y sí, en cambio, desprenden olor a ajo campesinos y obreros que, desde luego, comen mucho ajo, pero al propio tiempo, siguen comiendo toda clase de alimentos tóxicos, particularmente carne y grasa de cerdo, embuti­dos,’ conservas, bebidas alcohólicas, etc. Y, claro, en estos individuos, el ajo elimina constantemente alimentos no asimilados por su toxicidad y es la permanente eliminación (gracias al ajo) de estas sustancias, la que origina el desagradable olor, no el ajo.

¿Cómo puede efectuarse una cura de ajos?

El Ajo y sus propiedadesDiremos, de entrada, que ya es una gran ventaja, usar habitualmente ajo crudo picado con las ensaladas y comida. Naturalmente, resulta mucho más efectiva la cura de ajos realizada consumiéndolos en forma de jugo.

Para obtener jugo de ajos se machacan bien en un mortero diez, quince, veinte o más dientes de ajo. Se mezcla la masa de ajos macha­cados con el zumo de dos o tres limones. Se deja este preparado bien tapado durante la noche. Después, se revuelve bien y se toma una cucharadita cada hora.

Durante una cura de ajos, se deben comer muchas ensaladas de plantas silvestres (ortigas, diente de león o amargón, lengua de vaca, borraja, verdolaga, espinacas, etc.), y tómese cada mañana y noche una pequeña taza de su jugo. Cómase también .puré de patatas junto con estas ensaladas y comidas de plantas. El puré de patatas debe prepararse con patatas cocidas enteras, es decir, con piel, la cual se quita una vez cocidas, y se hace el puré.

No es difícil acostumbrarse a comer los dientes de ajo crudos con un pedazo de pan, masticándolos bien.

Es también recomendable tomar el zumo de ajo con leche, ya que ésta combina bien, tanto con el ajo como con la cebolla. Para combatir la tos, la ronquera, los catarros, etc., se aconseja un preparado a base de leche, ajos y cebollas, que se ponen a hervir juntos y el caldo resultante se toma agregándole bastante miel. Es muy eficaz.

Para tomar el ajo crudo con leche, de manera que se atenúe el fuerte olor a ajos, se procede así: se cortan en finas rebanadas la canti­dad de ajo que se necesite y se pone en una taza, se le vierte leche encima y se deja en reposo durante toda la noche. La leche extrae el aroma al ajo. A la mañana siguiente, se toma (en ayunas y por lo menos una hora antes del desayuno) este caldo y los ajos.

La misma preparación se hace por la mañana para tomarla por la noche, poco antes de acostarse. Con jugo de limón puede hacerse un preparado para el mismo fin.

Tomado con zumo de limón o con leche apenas se nota el fuerte sabor picante del ajo, y resulta más agradable de tomar. Por más que cuando uno se acostumbra, llega a apetecer el sabor del ajo, y para nada necesita encubrir su gusto picante y su penetrante aroma.

Su contenido en elementos bioquímicos es muy considerable. Son ricos en sales, elementos catalíticos en general y en esencias. Estas esencias o sustancias volátiles del ajo, que le dan su olor característico, tienen precisamente los efectos curativos.

El número de dientes de ajo que pueden tomarse diariamente de­pende de la costumbre. Se puede comenzar por uno o dos. En general, la dosis media puede ser de cuatro o cinco dientes diarios, hay personas que llegan a tomar una cabeza entera sin la menor molestia y con grandes resultados.

Al cocer el ajo se pierde gran parte de su valor curativo. Por esto siempre se aconseja la cura con ajo crudo.

No existe en la Naturaleza nada tan aperitivo como el ajo ingerido como hemos dicho, con caldo de hortalizas, crudo o macerado en el aceite para las ensaladas.

Contra el reuma obra maravillas. Crudo, rallado, aplastado o corta­dito, puesto en una taza y con caldo de hortalizas, bebido media hora antes de las comidas. Colado y tomando sólo la sustancia, constituye una excelente medicina contra este mal.

Frotando con ajo crudo el lugar donde haya picado algún animal ponzoñoso, desinfecta como ninguna otra sustancia. Nada hay en la Naturaleza tan desinfectante como el ajo y su compañero el limón. Su jugo mata inmediatamente toda clase de microbios patógenos.

Con el tratamiento o método del ajo crudo, el órgano que más se beneficia es el corazón, porque el ajo, al fluidificar la sangre espesa o impura, facilita el riego sanguíneo en general, y especialmente de las coronarias del corazón, evitándose la esclerosis de dicho órgano, el enve­jecimiento arterial, la endocarditis, la miocarditis, la pericarditis, los aneurismas, edemas y embolias, el asma, la parálisis, la angina de pecho, el reuma y la ciática.

Para vivir continuamente sin achaques y en plena juventud, hay que regenerar el corazón. Este órgano es el centro motor de nuestra vida. El corazón es todo sangre, sangre en forma plástica o en forma de músculo. De la calidad de la sangre depende la calidad del corazón. Sin sangre pura no hay corazón sano y normal y, por tanto, fuerte. Siendo el ajo el gran purificador de la sangre, será también, en consecuencia, el gran fortalecedor del corazón.

Por ser un gran expectorante, el ajo crudo está indicadísimo en la bronquitis, así como para fortificar las mucosas, dar flexibilidad a los anillos respiratorios y destruir los residuos venenosos en sus filamentos. Así pues, el ajo es también el gran protector de los pulmones.

En las fiebres e infecciones intestinales, los ajos, aplastados, ralla­dos o cortados menudos y en caldo de hortalizas (puestos crudos en la taza, y el caldo encima, revuelto un poco, colado y bebido), obra de manera inigualable, porque el ajo es el gran desinfectante de los intes­tinos.

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