Todo Hierbas.- Las Hierbas en el curso de la historia.

Desde que el hombre existe, las hierbas han sido parte integrante de su vida. En todo el mundo se descubren, día tras día, pruebas de su uso y de las tradiciones basadas en ellas.

Las hierbas en el curso de la historia 1

El helenio recibe su nombre en honor de Elena de Troya. Una leyenda cuenta que la planta surgió de sus lágrimas cuando la secuestró Paris.

Antes de que aprendiera a cazar animales, el hombre primitivo depen­día de las plantas para obtener alimentos y medicinas.

Incluso después, cuando la carne formaba ya parte de la dieta humana, fue un lujo du­rante siglos y los alimentos más corrientes fueron el pan y otros productos a base de cereales.

Sólo había un medio de dar a un régimen así variedad o sabor: añadir plantas silvestres (las hortalizas cultivadas son relativa­mente recientes). A parte de mejorar el sabor de los alimentos, las hierbas contribuían a conservarlos y a hacerlos más digeribles.

Con el paso de los años se acumularon más y más conocimientos sobre el tema de las hierbas finas, que pasaban de una civilización a otra. Ve­nían mezclados en ocasiones con la superstición, pero aun así se basaban en un buen conocimiento de las plantas.

Uno de los documentos más antiguos conocido sobre el uso de las hier­bas es un papiro egipcio del año 2000 a. de J.C., aproximadamente, que menciona la existencia de herboristas. Se sabe que a los obreros que tra­bajaban en la construcción de las pirámides se les daba ajo para mante­nerlos sanos, y otros documentos muestran su importancia en la cocina y en los ritos religiosos, tales como el embalsamamiento de los cadáveres. Estos conocimientos pasaron a los griegos y después a los romanos. En el Nuevo y el Antiguo Testamento hay confirmación de su importancia.

Las obras de conocidos médicos y filósofos griegos, como Aristóteles y su discípulo Hipócrates (siglo III a. de J.C.), y más tarde Dioscórides, mues­tran un amplio conocimiento de la naturaleza botánica y del uso médico de centenares de especies de hierbas.

En la época en la que gobernaron el mundo, los romanos dependían hasta tal punto de las hierbas para la cocina y la medicina, que sus ejércitos las llevaban entre sus aprovisionamientos en todas las campañas y despla­zamientos. En este proceso, unas veces intencionado y otras accidental, introdujeron en todos los rincones del Imperio el cultivo y uso de especies antes desconocidas. Adquirieron al mismo tiempo muchas otras proce­dentes de sus colonias y las incorporaron a sus usos y costumbres.

Plinio (23-79 d. de J.C.) escribió ocho libros sobre plantas medicinales.

Aunque las hierbas se utilizaban para mantener la salud de los soldados y tratar enfermedades, no se limitó su uso al curativo. Los patricios, en par­ticular, las emplearon para preparar salsas, movidos por el deseo de disi­mular el sabor de los alimentos conservados en salazón o secos, que a menudo no era muy satisfactorio. El empleo de las hierbas finas perdura­ría hasta el siglo XX, en que la invención de la refrigeración supuso un cambio radical en nuestros hábitos alimentarios.

Mientras se desarrollaba este proceso en Occidente, en países como la India y China, donde el uso de remedios tradicionales de hierbas se com­bina con el de medicinas más» ortodoxas», se escribían gran número de libros de rasgos similares.

Aun después de la caída del Imperio Romano perduró la confianza de las gentes en las hierbas para aprovechar su sabor, olor y propiedades curativas. De todas maneras, la introducción del cristianismo contribuyó a devolver a las hierbas su antigua importancia, caída en un relativo olvido. Junto a los monasterios que se levantaron en toda Europa construyeron los monjes grandes huertos de hierbas, cuyas plantas utilizaban para curar a los enfermos y reanimar a los cansados peregrinos.

Ricos y pobres las cultivaron también en sus huertos. Las empleaban en la preparación de alimentos, de cerveza, de vino, de cosméticos, de perfumes y de repelentes contra insectos, y corno medicina. Los nobles utilizaban las pociones y ungüentos preparados por sus esposas para rest­añar la sangre y curar las heridas de sus soldados. Y las damas en cuestión  esparcirían sin duda hierbas aromáticas entre las cañas que cubrían el suelo, en un intento de contrarrestar los malos olores en una época en que no había cañerías ni conductos sanitarios.

Estos primitivos huertos de hierbas eran muy hermosos, puesto que albergaban plantas que ahora relacionamos sólo con el color y el aroma, tales como clavelinas, peonías, dedaleras y rosales, aunque por entonces toda planta estaba destinado a algo. Así, puesto que la única fuente de dulzura era la miel, se insistía en el cultivo de las plantas que atraían a las abejas: bergamota, melisa, hisopo, cantueso, tomillo y ajedrea.

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Un boticario del siglo XVI mezcla sus medicinas y pócimas de hierbas.

A mediados del siglo XVI, el uso de las hierbas se había extendido tanto que los huertos de los monasterios perdieron importancia. Aún subsisten, sin embargo, ejemplos de las grandes instalaciones creadas entonces para beneficio de la salud del público en general, como las de Padua.

Aparte de su uso funcional, el carácter de las hierbas, que suponía a veces la diferencia entre la vida y la muerte, les dio una considerable im­portancia en la magia y la superstición. Se empleó la astrología para averi­guar las épocas más propicias para plantarlas y recolectarlas. Las había incluso bajo la influencia de un planeta en particular, y así la cebolleta pertenecía a Marte y el perifollo a Júpiter. Incluso en nuestros días hay quienes las plantan con luna creciente, poco antes de luna llena.

Al conocer el poder y la utilidad de las hierbas en su vida cotidiana, la gente acudió a ellas en busca de ayuda contra los malos espíritus y la ma­gia negra. Se creía, por ejemplo, que el romero, el cantueso, el eneldo, el hisopo, la angélica y el abrótano macho les protegerían contra la brujería y el mal de ojo. El último día de abril se cogían hojas de saúco, que se fijaban alrededor de puertas y ventanas para proteger a los habitantes contra encantos y hechizos. El saúco era un árbol mágico bajo cuya pro­tección estaban todas las hierbas, y aunque amaba el género humano ha­bía que pedirle perdón antes de cortar una hoja. En el lado positivo, algu­nas especies, como Artemisia abrotanum (abrótano), se usaban para preparar filtros amorosos y pócimas de encantamiento.

Mas su utilización práctica no terminaba en sus aplicaciones culinarias y sanitarias; se extendía a las mezclas y ungüentos protectores contra los males, Estos últimos servían para dar buen olor a la persona y como de­sinfectantes.

Los aceites procedentes de las semillas de las hierbas se usaron desde tiempos de los romanos hasta el siglo XVI, y más tarde para dar brillo a los suelos y muebles de madera. Las personas lo suficientemente afortu­nadas para poseer un baño prepararían aditivos caseros y el ama de casa haría sus propios tintes del cabello y dentífricos.

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Vendedor ambulante de hierba cana.

La influencia y uso de las hierbas se extendió desde Europa hasta el Nuevo Mundo gracias a los colonos, que llevaron a América hierbas y especies procedentes de toda Europa. Una secta de cuáqueros se contó entre los primeros grupos que lograron éxito comercial en el cultivo, en­vasado y venta de hierbas finas y medicinales.

La popularidad de estas especies permaneció constante hasta los siglos XVIII y XIX. En esta época, los conocimientos científicos alcanzaron el suficiente desarrollo para que el hombre fabricara sustitutivos sintéticos para muchas de las sustancias activas obtenidas antes de plantas. Por con­siguiente, disminuyó el uso de gran número de hierbas y muchas otras sólo se cultivaron por su belleza y aroma. Algunas perennes, como la menta y el perejil, sobrevivieron a este declive, pero en general todas cayeron en el olvido.

En estos últimos años, la ciencia ha contribuido a modificar la situación al demostrar el valor nutritivo y médico de las plantas e incorporarlas a los medicamentos y cosméticos modernos. Al mismo tiempo, y aunque los alimentos ya no necesitan de hierbas para conservarse o para disfrazar su sabor, la producción en masa de los mismos y el consiguiente daño para su sabor han hecho revivir el empleo de las hierbas finas en la co­cina.

Socialmente, al aumentar nuestra capacidad de autodestrucción, se ha desarrollado un interés creciente por la ecología y nuestro medio am­biente, que ha llevado a revalorizar los productos naturales. Así revive el interés por las hierbas, a medida que la gente vuelve al cultivo y el uso de las plantas en los distintos aspectos de su vida.